Buen día señora. A pesar de desconocer el momento en el que usted se dispone a leer esta carta, no quería dejar de desearle un gran día. Así sean las 11:40 de la noche, es sabido que en unos minutos te pueden alegrar todo un día. Así que repito: buen día.
Antes que nada, permítame disculparme. Entiendo que usted ya tiene esquematizadas y ocupadas cada una sus horas. Así que agradezco al mismo tiempo la molestia de seguir leyéndome.
Escribo porque estoy feliz. No es un estado normal en mi cuerpo, así que podríamos decir que es una noticia, al menos desde los últimos 15, 20 años. Usted sabrá lo difícil que es reconocer una sonrisa en mi rostro.
Conocí una mujer. Qué digo una mujer, es una diosa. No piense que le estoy cuenteando, es completamente despampanante. Cuando la conocí estaba en un colectivo, yo venía obnubilado por ciertas situaciones del trabajo, unas peleas con Gorticelli, moneda común desde que ingresé en esa agencia. Pero de repente en una parada, se empezó a sentir algo distinto hasta en la manera de frenar del colectivero. No lo dude señora, se debía todo al aura de esta mujer. Qué digo mujer, esta diosa.
La puerta se abrió y los rayos del sol le daban desde la espalda, a unos 45 grados. No hablo de temperatura, sino de geometría. Aunque debo reconocerlo, esta mujer cambió por completo el clima de todo el vehículo. De repente los hombres comenzaron a sentarse derechitos, como demostrándole que a su lado había un asiento libre. Cada paso que daba ella era un asiento que descartaba, y por lo tanto un pasajero que veía pasar un boleto ganador de la lotería ante sus ojos.
Usted sabe, no me gusta sentarme en los colectivos. Paso más de ocho horas diarias sentado frente a una computadora. Lo mejor para mi cuerpo, ojos y mente es ir parado atrás, colgadito de las manigeras, siendo sacudido por los movimientos (a veces muy bruscos) del vehículo, apoyando la cabeza sobre la luneta y sintiendo las vibraciones del vidrio en mi occipital. Es algo que hago desde que soy muy chico, cuando utilizaba el colectivo para ir a practicar fútbol, tenis y tantos deportes que el tiempo se encargó de hacerme entender no habían sido inventados para mí.
En fin, a que no sabe dónde fue a pararse este pedazo de cielo hecho mujer. Está bien, si se lo digo así, lo dejo muy obvio. Sí, se paró al lado mío.
¡Si usted viera las caras de los demás hombres! Nunca me sentí tan envidiado. Y reconozco que si bien no me gusta andar ostentando nada, sonreí, como sobrando la situación.
Usted debería haber visto cómo caminaba esa mujer, con una seguridad digna de una abogada, de esas que se llevan el mundo por delante. Sólo que esta mujer parecía hacerlo además con una dulzura pianta-corazones. No, no estoy seguro que sea abogada. Pero que estudió una carrera universitaria no hay ninguna duda.
Llevaba un brillo en sus ojos verdes que durante un momento me hicieron creer que eran grises claros. Usted sabe cómo me gusta el brillo en los ojos de las personas. Hacen sentirme que hay alguien ahí, señora.
Se notó enseguida que sabe lo hermosa que es. De no ser así, nunca hubiera sonreído como lo hizo al pararse al lado mío, acomodándose su hermoso, suave y sedoso pelo al mismo tiempo, mientras se le marcaban los hoyitos en las mejillas. Un movimiento que requiere mucha técnica, pero sin dudas mucha práctica. Hasta le confieso que lo ensayé camino a casa.
Estaba dispuesto a hablarle cuando una frenada sacudió el colectivo, casi como callándome a propósito. Parecía que el destino me decía que no hable, que admire en silencio lo que estaba aconteciendo.
De todas maneras, necesitaba hacer un movimiento, marcarle que yo estaba ahí, a su lado. Porque no tengo dudas, para mujeres como esas, el resto del mundo es completamente invisible.
Se acercaba mi destino, y todavía no había hecho nada. Me sentía un nene, de esos que todavía no quieren reconocer que les gusta una niña y les dice a sus compañeros que a él lo único que le interesa es el fútbol, aunque por dentro se muera por hablar con la chica de sus sueños.
Se pasó mi parada. El chofer, que es el mismo chofer desde que tengo memoria y me subo a ese colectivo, me miraba de reojos a través del espejito retrovisor. Sentí el odio de su mirada, me estaba mordiendo cada poro de mi piel. Me pedía con sus ojos al mismo tiempo que me baje y me aleje de ese encanto, que no la merecía. Pobre, me dio mucha lástima.
Uno a uno se iban bajando los demás pasajeros, resignados a su suerte. Más bien, a la mía. ¿Sabe que sentía señora? Sentía que estaba en una mesa inmensa de póker, y que yo poseía casi todas las fichas de la partida. Me sentía invencible. Y se nota que los otros notaron lo mismo, porque al cabo de unos minutos sólo nos encontrábamos el chofer, ella y yo.
Estaba pensando qué decirle, cuando sus labios se desprendieron y emitieron un sonido, dirigido a mí. No me dí cuenta por el sonido, sino porque sus ojos brillosos me estaban apuntando, llegando hasta el otro lado de mis retinas. No la escuché, estaba completamente embelesado.
-Permiso – repitió mientras con su mirada me hizo notar que yo le estaba tapando el paso, y ella quería bajarse. Ahora sí la escuché, su tonito si bien dulce denotaba un leve nerviosismo. Usted no sabe cómo me entró a latir el corazón! La estaba perdiendo, señora. Se me alejaba, y yo no pude ni sacarle el nombre.
Se me fue, y no hice nada.
Lo primero que hice fue mirar atónito, aunque más bien destrozado, al espejito retrovisor del chofer. Su sonrisita triunfal no me gustó para nada, pero qué iba a hacer. Ahora quedábamos él y yo.
- Terminó el recorrido, señor- me dijo al cabo de unos minutos.
Bajé con la tristeza y desolación del que se acaba de perder algo mucho más importante de lo que alguna vez pensó iba a toparse. Entré a caminar y el colectivo se alejaba, cuando me dí cuenta de una cosa. No tenía la menor idea de dónde me encontraba, pero estaba muy cerca de ella, a pesar que no sé si vive por aquí o simplemente estaba visitando una amiga, o un cliente, o haciendo unos mandados.
Así que aquí me encuentro, en el medio de la nada, preguntando a los habitantes de este lugar dónde estoy, y dónde está esa mujer. Pero nadie dice conocer a ese encanto -incluso me tratan de mentiroso- y mucho menos decirle a una persona que ellos desconocen cuál es el lugar donde ellos viven. Aquí hay mucha gente desconfiada, señora.
La conozco muy bien y sé que desde las primeras líneas se imaginó hacia donde apunta esta carta, señora. Quiero el divorcio. Necesito el divorcio. No lo tome a mal, pero requiero mucho tiempo libre. Necesito saber quién era esa muchacha, y la mejor forma es quedándome aquí, donde sólo Dios sabe dónde estoy.