El minuto final.

No recuerdo cuáles eran los tiempos en los que transcurrió esta historia, porque todos decidimos borrarla completamente de nuestra mente. Pero la memoria es engañosa y a veces se esconde tan bien para evitar ser olvidada que en cualquier momento puede regresar a abrumarnos. Como me ocurrió a mí desde hace un tiempo.
Es por eso que me vi obligado a narrarla. Me viene atormentando durante noches, preguntando y cuestionándome si debería callarme o no.
Lector, si usted es una persona que vive tranquila, si cree que la vida está bien como está, si no quiere tener una nueva complicación, una razón más por la cual angustiarse, no siga leyendo. Sólo permitame decir: hay angustias que son tan necesarias que uno termina disfrutándolas (posteriormente, claro).

Sé la razón (en realidad, la recuerdo) por la cual vivimos encerrados. Por la cual el Gran Domo no nos deja cruzar las fronteras de nuestro país.
Nosotros, por más que suene raro, fuimos un país “futbolero”(término que se le da a un deporte conocido como fútbol -del inglés foot-ball, porque se jugaba con los pies, aunque algunos elegidos lograban hacerlo también con la cabeza-). Amantes totales. Todos. Absolutamente todos.
El fútbol formó parte de nuestra historia nacional. Y cómo. Puedo comprender que le resulte muy difícil de creer, pero espero poder rescatar algún recuerdo. Pasarella. Kempes. Maradona. Batistuta. Verón. Mascherano. Messi. Estos apellidos tan raros, que tan poco transmiten en comparación a los tan amados e indiscutidos Gladiadores del Pato como Irrazabalaga, Arismendi o la dupla mortífera López-López, en realidad fueron grandes estrellas mundiales. Mucho más reconocidas que nuestros tan admirados íconos nacionales.
Sí señor. Créalo. Acá la gente transpiraba fútbol. No importaba ni la edad ni el sexo. Todos. Y éramos muy buenos. Pero pecamos en creernos nuestras habilidades, y sentirnos dioses. Nadie era (creíamos) mejor que nosotros. Incluso los brasileños, adjetivo gentilicio utilizado para Brasil (un país ubicado muy cerca nuestro), querían (creíamos) alcanzarnos.
Y existían templos gigantes, descomunales, hermosos, donde no cabía un alma ante cada misa deportiva. Lugares donde las masas decidían reunirse para poder gritar, cantar, llorar, reír, sufrir y gozar con este verdadero espectáculo.
El Estadio Nacional de Pato, donde cada año se produce el evento más importante de nuestro país (la Final de la Liga Nacional de Pato), en realidad era el Estadio Monumental de Núñez, perteneciente a River Plate, uno de los mayores clubes no sólo de Argentina, sino también del mundo.
El poco concurrido Estadio de Hockey Sobre Hielo de Almagro (deporte que pasó sin pena ni gloria por nuestro país), pertenecía a un club llamado San Lorenzo de Almagro. El basural nacional, donde todos nuestros desperdicios son depositados, era el estadio del equipo archirival de River Plate, pero por alguna razón no puedo recordar el nombre de dicho club. El hoy espacio verde dedicado a los empleados gubernamentales, era conocido como el Cilindro de Avellaneda, perteneciente a una empresa llamada Blanquiceleste S.A., con la cual siempre mantenían alguna que otra relación. Podría seguir con muchos ejemplos, pero no quiero desviar la atención de mis intenciones.
El fútbol les daba de comer a todos. No sólo a futbolistas y a hinchas. Las botineras, eran mujeres que enamoraban a deportistas, a cambio de una jugosa billetera. Los representantes de fútbol corrían mucha mejor suerte que los de Pato, con cifras mucho más numerosas y mayor reconocimiento.
En la cancha, no se vendían el popular locro o las empanadas caseras que hoy tanto rédito dan en cada encuentro deportivo, sino una artesanía gastronómica conocida como chori, la cual combinaba el chorizo vacuno con un pedazo de pan.
Usted se preguntará qué tendrá que ver el fútbol con el domo. Hagamos memoria. Cada cuatro años, se producía la Copa del Mundo. Ante cada Copa, nos uníamos como país como nunca, como en ninguna otra ocasión, y nos ilusionábamos con que íbamos a salir campeones, que esta vez sí, que con todos los jugadores que tenemos jugando en el exterior, en las mejores ligas, y que con el momento de nuestra estrella, y que… etc, etc. Cuando quedábamos fuera del certamen, las calles, las nubes y las caras se teñían de gris.
Resulta que existió una vez que no sólo no ganamos la Copa, sino que logramos alcanzar lo (que creíamos) imposible.
Durante toda una eliminatoria sufrida, donde la Selección Nacional se mantenía semi fuera del Mundial, la gente se autoconvencía pensando, imaginando “esto se arregla debajo de la mesa”, o “no hay chances que quedemos fuera” o el clásico: “Dios es argentino, él nos va a clasificar”.
Llegamos a la última fecha con chances. Dependíamos sólo de un empate. Un empate nos depositaba en Mozambique, lugar donde al año siguiente se jugaba el tan ansiado Campeonato.
Pero enfrente nuestro teníamos justo a nuestro rival de toda la vida: Brasil. Hábiles, dúctiles malabaristas del balompié, estrellas megalácticas, alegres, divertidas y contagiosas del arte esférico.
El gol (anotación) brasilero llegó temprano. Enseguida el ya nombrado antes Monumental de Núñez se enmudeció. La angustia se materializó en 40 millones de cuerpos argentinos. El sufrimiento, el pánico. El terror. La peor tragedia jamás imaginada ni por asomo, se hizo realidad.
En el entretiempo, nadie se movió de su asiento. Nadie quiso ir al baño, ni a comprar choripán. Plegarias, rezos, suplicios. Promesas. No existía ni una sonrisa de esas que aparecen en momentos difíciles como para descomprimir el ambiente. Nada.
Reanudó el partido, y enseguida llegó el segundo cachetazo. Y todos empezaron a creer lo que se venía. Y luego el tercer gol. Y el cuarto. Y el quinto. 5 – 0. El partido, por razones de seguridad, fue suspendido a los 9 minutos del segundo tiempo. Argentina podía jugar 48 siglos seguidos que no podía llegar a pasar mitad de cancha. La superioridad carioca fue inobjetable.
Suicidios en masa, saqueos, cortes de ruta, masacres y locura total invadió el país. El fútbol, la única desconexión sideral que teníamos los argentinos ante tanto desempleo, corrupción e injusticias diarias, nos dio un flor de disgusto.
Los sobrevivientes de la angustia, como decidieron llamarnos los medios, decidimos algo impensado: borrar el fútbol de nuestro país. Completamente. Todos deberíamos dejar todos los recuerdos relacionados con el mismo. Caravanas, canciones, viajes, alegrías y tristezas fueron depositadas en la Gran Fogata Reorganizacional. Fue (ahora que lo recuerdo) el día más triste a nivel nacional. Y personal, porque yo amé al fútbol.
Obvio que una simple hoguera no alcanzaba, porque cualquier contacto con el mundo nos recordaría a la pelotita, ya que donde sea que nos dirijamos, a la hora que digamos de dónde éramos, nos iban a contestar: “¿Argentina? ¡Maradona!”. Es por eso que decidimos borrarnos del globo terráqueo. Construimos un gran Domo para poder evitar todo contacto con el exterior y prevenir cualquier posible recuerdo. Todos los inmigrantes, personas no gustosas del fútbol a nuestro nivel, fueron previamente expulsados de nuestras tierras. Nuevamente, decidimos olvidar las causas de todo esto.
Habrá quienes saldrán a desmentirme. Habrá quienes me tratarán de demente, golpista. También algunos sentirán mucha certeza en mi relato, a tal punto de salir a crear una pelota hecha con bolsas de plástico. Pero si este texto no remueve ningún sentimiento en su interior, sépalo: debe consultar su origen, muy posiblemente usted sea un extranjero adoptado.

PD: estos párrafos no tienen nada que ver con la no Clasificación de mi equipo, Los Próceres Legendarios, a la final del Campeonato de Pato.